El saco de clavos

Cuenta una vieja leyenda budista que un niño tenía mal genio. Su padre, un viejo sabio, le dio un saco de clavos diciéndole que cada vez que perdiese la paciencia debería clavar un clavo detrás de la puerta. El primer día, el niño clavó treinta y siete clavos. A medida que iba aprendiendo a controlar su carácter, clavaba menos clavos. Con el tiempo, descubrió que era más fácil controlar su genio que clavar clavos detrás de la puerta. Llegó el día en que pudo controlar su genio durante toda una jornada. Después de contarle a su padre lo sucedido, este le aconsejó que retirase un clavo cada día que consiguiese dominar su genio. Los días pasaron y, finalmente, el joven pudo anunciar a su padre que ya no quedaban más clavos detrás de la puerta.

Su sabio padre lo tomó de mano y, llevándolo hasta la puerta, le dijo: Hijo mío, advierto que has trabajado duro, pero observa ahora todos esos agujeros que hay en la puerta, Ya nunca más será la misma. Cada vez que pierdes la paciencia y te dejas llevar por la ira, dejas cicatrices exactamente como las que vez aquí. Puedes insultar a alguien y retirar el insulto, pero dependiendo de la forma cómo hables podrás resultar devastador, y la cicatriz de tus palabras quedará para siempre. Una ofensa verbal puede resultar tan dañina como una ofensa física.

Una persona encolerizada está llena de un poderoso veneno generado por ella misma. Si no encuentra en dónde derramarlo, lo hará dentro de sí misma. Aquel que aplica un castigo estando lleno de ira no corrige, sino que se venga.

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